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Juan Villoro
Juan Villoro
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19 Abril 2019 04:00:00
Infierno en la Catedral
Cuando a Jean Cocteau le preguntaron qué obra rescataría de un incendio en el Louvre respondió sin vacilar: “el fuego”. Nada encandila con la fuerza de las llamas.

Las hipótesis fomentan ideas ingeniosas. Difícilmente Cocteau habría respondido lo mismo ante un incendio real.

En la noche del lunes 15 de abril, Notre Dame ardió hasta la madrugada. A medida que el fuego devoraba las maderas y los vitrales, una espesa nube cambiaba de color en el cielo de París. El blanco inicial fue relevado por un fulgor verdoso; luego, una explosión cárdena adquirió destellos anaranjados. Eran los cambiantes tonos de un infierno que no llegó a describir Dante, el mensaje de las llamas el primer día de Semana Santa.

A las 6:30 de la tarde caminaba hacia Notre Dame en compañía de mi hermana, mis hijos y mi sobrina. Habíamos llegado a la Isla de San Luis cuando mi hermana Renata averiguó en Google que la catedral cerraba a las 6:45.

Decidimos entrar a una heladería. Por la ventana, vimos pasar un pequeño coche de bomberos que parecía más diseñado para repartir los célebres helados de la Isla que para combatir el fuego. Poco después supimos la razón: el tráfico impedía que los grandes camiones de bomberos llegaran a un incendio cercano.

A las 7 volvimos a la calle. Una columna de humo se alzaba sobre los simétricos edificios de la zona. Al llegar al puente que cruza el Sena, avistamos el ábside de Notre Dame. Su aguja estaba en llamas. La gente miraba el desastre con la atención hipnótica con que las gárgolas de la catedral miraban la ciudad.

Nadie se atrevía a decir nada. Escuchamos el crepitar de las maderas a doscientos metros. Sólo cuando la aguja se vino abajo, envuelta en una espiral de fuego, hubo una exclamación colectiva. Quienes azarosamente habíamos quedado ahí, recibimos con cierto recelo a los que llegaban atraídos por la notoriedad de la catástrofe, pero al llegar a ese andén de la impotencia, todos se integraban a la misma grey enmudecida.

Desde la orilla derecha del Sena podíamos ver el exiguo arco de agua que salía de una manguera. ¿Por qué no se aplicaba otro remedio? La desesperación despierta ideas sin fundamento. Mientras Donald Trump proponía en Twitter que aviones apagaincendios arrojaran agua sobre la catedral, otros ignorantes pensábamos lo mismo. Pero la masa de agua hubiera hecho que las piedras sobrecalentadas se desplomaran.

El único remedio dependía de una virtud teologal que en un relato Villiers de L’Isle Adam convirtió en una variante de la tortura: la esperanza.

Para impedir que el fuego se propagara a las torres y la fachada, los chorros de agua debían caer con la paciente puntería que la artillería napoleónica tuvo en la batalla de Austerlitz.

Aunque la campana de Quasimodo seguía a salvo, era difícil saber si cuatrocientos bomberos (veinte de ellos al interior del edificio) lograrían limitar los daños. Un dron sobrevoló el sitio y tomó el retrato decisivo de la noche: la catedral era una cruz ardiente.

Edificada del siglo 12 al 14, Notre Dame sobrevivió a dos guerras mundiales pero no a los trabajos de quienes pretendían restaurarla.

Desde muy pronto se dijo que se trataba de un accidente provocado por las obras de reparación; sin embargo, ningún medio francés entrevistó a los responsables de la tarea y no se levantaron las sospechas propias de los países donde las licitaciones se obtienen por corrupción y compadrazgo.

El accidente se debió a un error o a una negligencia de la compañía contratada por una cifra millonaria. Con todo, las nociones de culpa y castigo quedaron fuera de la discusión durante la tragedia. Sólo en las redes sociales, donde la Edad Media dispone de tecnología, hubo teorías conspiratorias, algunas de ellas inspiradas en el siempre citable Nostradamus.

Como el viento soplaba de norte a sur, fuimos testigos del horror sin respirarlo. Sólo al volver a nuestro alojamiento advertimos que el aire había cambiado. Ahora tenía una consistencia acre. Esa rara pimienta estaba hecha de piedras, frisos, arquitrabes, ojivas, moléculas de catedral.

Durante la noche, la gente se aceró a rezar a orillas del Sena y al cabo de cuarenta y ocho horas sonaron todas las campanas de Francia.

Sin embargo, ante los trabajos del fuego, sólo hubo una forma de plegaria: el silencio.



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