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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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08 Diciembre 2019 04:08:00
Hordas cibernéticas
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El desaparecido y siempre añorado Umberto Eco es autor de una crítica ya clásica de las redes sociales, las cuales, decía, “le dan derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad.
Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho de hablar de un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.

Se quedó corto. Las redes sociales no son solamente la invasión de los imbéciles, también, por desgracia, suelen ser palestra a la que los usuarios no suben a discutir, sino a insultarse. La ferocidad campea y se diría que hay una competencia para ver quién es más procaz, más hiriente.

Otra de las características deleznables de estas vías de comunicación es su capacidad de convertir en juez a cualquier hijo de vecino dispuesto a aprobar o a condenar –las más de las veces a condenar– a quien sea y haga lo que haga.

Un fenómeno digno de reflexión es lo ocurrido con Karen Spíndola en la Ciudad de México. Ella, en un mensaje enviado a su familia, les informó haber abordado un taxi cuyo chofer le resultaba sospechoso. Alarmados porque Karen no regresaba a casa, uno de sus hermanos “subió” a las redes el temor de que la mujer hubiera sido secuestrada.

Como en las últimas semanas han menudeado en la capital noticias acerca de mujeres acosadas en autos de alquiler, y una de ellas, Cinthia Moreno Hernández, reportada desaparecida luego de tomar un taxi, después encontrada muerta en la cajuela del vehículo, el desazonador mensaje del hermano de Karen desató una sicosis.

Miles, quizá decenas de miles de usuarios de las redes se mostraban preocupados por el posible secuestro de la supuesta desaparecida. El ciberespacio se llenó de llamados a colaborar en su localización. De inmediato, las autoridades iniciaron una investigación para dar con el paradero de la mujer. Es bien conocido el final de la historia: Karen regresó a su casa y poco después se supo que había desaparecido por encontrarse en un bar cercano a su domicilio.

Al saberse lo anterior, no se hizo esperar la avalancha de mensajes insultándola. Los que unas horas antes rogaban colaborar en su localización, la criticaron hasta por estar pasada de peso. En cosa de minutos, las hordas de Eco pasaron de ser aspirantes detectives, seres humanos solidarios, a enfurecidos ciudadanos dispuestos a lincharla.
La reacción hizo recordar las viejas películas norteamericanas donde el pueblo armado de antorchas va a la cárcel a sacar a un reo –afroamericano, de preferencia– para colgarlo y hacerse justicia por su propia mano.

Lo de Karen fue una estupidez. No obstante, entre la tontería de una mujer atolondrada a la categoría de crimen hay una gran distancia. Distancia que desapareció gracias a las redes sociales, que desde una laptop o un celular, y a veces amparadas en el anonimato, dan derecho a las hordas de Eco a montar un juicio fast track y ejecutar simultáneamente la sentencia condenatoria.

El “caso Karen” es demostración palmaria del poder de las redes sociales a la hora de potenciar la inclinación de los seres humanos a renunciar a la individualidad y sumarse a la masa. Es tiempo de releer a Gustave Le Bon (1841-1931) y su sicología de las masas, que ahora cuentan con un instrumento poderosísimo de enajenación, las redes sociales. Lo de Karen es anécdota, lo que puede venir, no.
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